AllaNad

Preparando el camino.

NO HAY NADA BUENO EN LA ENVIDIA

“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que vienen tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.”
Mateo 3:11

Se nos cuenta que al comienzo del ministerio de Jesús, los discípulos de Juan el Bautista vinieron donde Juan y le dijeron: “Maestro, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, y de quien tú diste testimonio, ahora está bautizando y todos acuden a Él.” Qué noticia para Juan.
Los discípulos de Juan estaban muy preocupados porque el índice de popularidad de Juan estaba decayendo. Durante algún tiempo él había sido lo más novedoso en la región, pero ahora ya no era el número uno.
Pero era precisamente la posición y la apariencia externa del éxito, lo que Juan, tendría que dejar ir. Ser escogidos por Dios no es cuestión de aferrarse sino de aprender a dejar ir.

DEJAR IR
“Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe.” Juan 3:30
Una de las cosas más difíciles en la vida es dejar ir. Hay una vieja historia acerca de un hombre que se cae de un despeñadero. Se va a morir pero estira la mano y milagrosamente se agarra de una rama:
- ¿Hay alguien allá arriba?
- Sí.
- ¿Quién es usted?
- Yo soy Dios y voy a salvarte.
- Maravilloso. ¿Qué tengo que hacer?
- Suelta la rama.
- Lo piensa por unos segundos y dice:
- ¿Habrá alguien más allá arriba?

Dejar ir es siempre un acto de confianza. Ese es el caso de Juan y sus discípulos. Él ha sido el número uno y ellos son importantes por andar con él. Al principio tal vez la pregunta para Juan era: ¿Tenía él la fe suficiente para continuar a pesar de la oposición de los líderes religiosos? Ahora la pregunta era mucho más difícil que ser capaz de seguir adelante. ¿Tenía él la fe suficiente para dejarle el lugar a Jesús?
Si algo tuvo que aprender Juan fue a: “dejar ir”. Desde el principio él supo que Dios lo había escogido para una tarea especial. Esta elección le costaría todo. Para llevar a cabo su ministerio Juan tenía que dejar ir todas las esperanzas y aspiraciones normales de la vida en el primer siglo. Dios escogió a Juan desde antes de su nacimiento para que preparara el camino al Señor.
Juan estuvo dispuesto a dejar todo por amor a su ministerio. Y ahora Dios le pedía que dejara algo más: Su ministerio. ¿Qué cosas estamos dispuestos a dejar ir?
Al parecer sus seguidores fueron a ver a Juan porque sentían envidia del éxito de Jesús. Ellos no podían tolerar que después de que Juan fue quien lanzó a Jesús al ministerio y le había dado a éste su sello de credibilidad, ahora Jesús les pagará atrayendo más audiencia que Juan. Estaban tan disgustados que no podían hablar sin exagerar: “Maestro: todos acuden a Él.”
Hoy en día estamos tan preocupados por lo que tienen los demás, que dejamos de ver todo lo que Dios nos ha dado. Debemos ser sinceros y abrir nuestro corazón para que Dios lo sane de cualquier envidia. Reflexionemos profundamente y hagamos un inventario de nuestro propio corazón: ¿Soy una persona llena de envidias?

UN ESTUDIO SOBRE LA ENVIDIA

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.”
Prov. 4:23

Envidia es querer lo que otra persona tiene y sentirse mal porque nosotros no lo tenemos; (lo que yo no puedo tener, lo voy a destruir). Envidia es sentir desagrado por la bondad de Dios para con alguien y desechar la bondad que Dios nos ha mostrado a nosotros. Envidia es un deseo aumentado por el resentimiento que nos lleva a la ruina espiritual y moral. Pablo dijo: “Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran”. La envidia nos hace llorar cuando otros se regocijan y regocijarnos cuando otros lloran.
No hay nada bueno en la envidia, y por su naturaleza nunca puede saciarse. Complacer a la envidia es como tratar de calmar la sed tomando agua salada.
Alguien dijo: “La envidia es el deseo consumidor de hacer que todos los demás sean tan fracasados como uno”.
Cuando envidiamos a alguien, perdemos de vista el enfoque y el amor de Dios en nuestra vida. Cuando Caín mira a Abel ya no lo ve como su hermano, Abel ahora es solamente el rival que amenaza la posición de Caín delante de Dios.

LA SUTILEZA DE LA ENVIDIA
La envidia es contagiosa porque puede extenderse a todo. Puede hasta llegar a envidiar la espiritualidad de otra persona.
Saúl fue el rey guerrero de Israel y se nos cuenta que era “Tan alto que los demás apenas le llegaban a los hombros.” Después de un tiempo uno se acostumbra a ser más alto que los demás. No nos gusta que alguien asome su cabeza en el lugar que está reservado exclusivamente para la nuestra.
Pero resulta que un joven llamado David, ni siquiera lo suficientemente grande como para usar la armadura de Saúl, gana el antiguo campeonato de peso completo contra Goliat. David era un exterminador más grande incluso que Saúl. Y una nueva canción alcanzó el primer lugar en las listas de éxitos: “Saúl mató a mil, pero David mató a sus diez mil”.
“A David le dan crédito por diez mil, pero a mí por mil. Lo único que falta es que le den el reino”. Y a partir de esa ocasión, Saúl empezó a mirar a David con envidia.
La envidia es sobretodo un pecado del ojo. Hace que el pedazo de pastel de mi hermano parezca más grande y mejor que el mío. Un niño puede tener cientos de juguetes, pero la envidia hace que el único juguete que un hermano pida para jugar se convierta en el más deseable de todos.

LA ENVIDIA EN LA BIBLIA
Por toda la Biblia podemos encontrar este problema, desde Caín y Abel, Isaac e Ismael, a Jacob y Esaú, a José y sus hermanos, a María y Aarón que murmurando contra Moisés. Raquel fue la escogida, Lea era la despreciada. Acab codiciaba el viñedo de Nabot, Ananías y Safira codiciaban tener una reputación de generosidad, Pablo le escribió a la iglesia de Filipos que había quienes predicaban “por envidia y rivalidad”.
La envidia sólo se sana cuando llegamos a vivir dentro del propósito de Dios. Cuando estamos seguros de esto, estamos tranquilos esperando en el Señor. Somos escogidos de Dios, Pablo escribe a los colosenses: “como escogidos de Dios, santos y amados.”
Empecemos a ver todo el potencial y dones que Dios nos ha dado, y en vez de estarnos comparando, comencemos a usarlos y gozarnos a la vez con los dones y bendiciones de las personas que están a nuestro alrededor. Echemos fuera la envidia de nuestra vida de una vez y para siempre.

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