AllaNad

Preparando el camino.

Alabemos a Dios.

Alabemos a Dios en medio de la ansiedad,
el miedo y el desaliento

“Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca”
Salmo34:1

--¿Qué pasa si pierdo mi empleo? ¿Si no puedo pagar los gastos? ¿Si fallo en lo que hago? ¿Si no paso el examen? ¿Si mis relaciones se destruyen? ¿Si nada mejora? ¿Si algo le pasa a mis familiares? ¿Si enfermo gravemente? ¿Si muere uno de mis seres queridos? Gran parte de nuestra ansiedad y preocupación surge de los pensamientos: “qué pasa si…”
Sin embargo, Dios dice que no nos preocupemos por nada (Filipenses 4:6). La preocupación es producto del miedo. Toda nuestra preocupación, incertidumbre, desesperanza y pánico, tiene su origen en el miedo. El miedo puede sobrevenirnos de repente, paralizarnos el corazón. Puede distorsionar nuestros pensamientos. Puede controlar nuestra vida. Nos puede paralizar.
Sin embargo, Dios dice que el miedo no viene de Él (2 Timoteo 1:7). Cuando sufrimos de ansiedad o miedo durante mucho tiempo nos desalentamos. Es como cuando a un objeto de barro se le forma una grietilla, el objeto se debilita y luego termina por romperse. Lo mismo sucede con nuestras vidas. El desaliento viene poco a poco.
Si embargo, Dios dice que no debemos dar lugar al desaliento (Deuteronomio 1:21). La ansiedad, el miedo y el desaliento son una epidemia en nuestro mundo actual, pero Dios nos ha prometido un camino para librarnos de estas tres cosas.

1. Enfrentando la ansiedad.
Cuando Dios nos dice que no estemos ansiosos o preocupados por nada, no es lo mismo que cuando alguien nos dice: “ten ánimo” o “no te preocupes”.
Dios no está diciéndonos nada más: “Olvídalo”. Nos está dando la solución. Dice que debemos orar por todo y darle alabanza y agradecimiento. Cuando lo hacemos, promete darnos Su paz que sobrepasa todo entendimiento. Esto significa que tendremos paz aún cuando parezca no tener sentido. Él promete darnos ese tipo de paz que protegerá nuestro corazón y nuestra mente (Filipenses 4:6-8).
La Biblia nos enseña a “regocijarnos en el Señor” (Filipenses 4:4). Esto significa que tenemos que encontrar nuestro gozo en Él. Muchas veces creemos que nuestro miedo y preocupación tiene relación con Dios. Creemos que nos sentimos de esa manera por algo que Él no hizo o no hará por nosotros. ¿Qué pasará si Dios no provee para nosotros? ¿Qué sucede si no nos protege? ¿Y si no nos da lo que queremos o necesitamos? Este tipo de incertidumbre y preocupación puede entrar en nuestra alma en cualquier momento. Suele suceder en medio de la noche, cuando todo está en silencio, --menos nuestra mente--. La ansiedad solo se terminará con la paz de Dios. Y cuando recibimos a Jesús, tenemos acceso a la paz que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7).
Alabar a Dios es la forma de combatir toda preocupación, y es mejor hacerlo apenas nos sintamos preocupados por lo que sea. Luego, debemos seguir alabando a Dios hasta que toda esa preocupación desaparezca. Cuando adoremos a Dios por todo lo que Él es, lo alabemos como nuestro Príncipe de Paz, y le agradezcamos porque en Su presencia podemos encontrar paz para nuestra alma, entonces viviremos esa paz que sobrepasa todo entendimiento. Cuanto más alabemos, más sentiremos Su paz fluyendo dentro de nosotros.


2. Enfrentando el miedo.
Job era considerado por Dios como un hombre recto y justo, y aún así tenía miedo. Temía que algo les sucediera a sus hijos. Temía por su salud. Temía perderlo todo. Cuando cada uno de estos miedos se hizo realidad, dijo: “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía. No he tenido paz, no me aseguré ni estuve reposado; no obstante, me vino turbación” (Job 3:25-26). Las cosas que le sucedieron a Job hicieron que deseara nunca haber nacido (Job 3:3-16).
¿Quién puede criticar a Job por su preocupación? ¿Cuántos de nosotros lo hemos perdido todo, incluyendo nuestros hijos, salud y posesiones? ¿Cómo responderíamos ante una situación tan terrible? Cuando nos acontece aquello que más tememos, la única forma de reaccionar es alabar a Dios en medio de eso.
Sea cual fuere nuestro miedo hoy, debemos traerlo ante Dios. Agradecerle porque Él es mucho más grande que cualquier miedo. “Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza”. (Salmo 100:4). Y agradecerle porque en Su presencia todo miedo se desvanece.
Lo precioso del Señor es, que es Su amor lo que quita el miedo. Es Su amor lo que nos da la fuerza para que podamos enfrentarnos al enemigo de nuestra alma cuando viene a llenar nuestro corazón con miedo. Y cuando nos acosan los peores miedos, es el amor de Dios por nosotros que nos asegura que Él hará de toda situación algo bueno.
Procuremos que nuestra primera respuesta ante el miedo sea la alabanza.

3. Enfrentando el desaliento.
Dios es un Dios de aliento. Esto es porque Él es bueno. Su aliento viene a través de su Palabra. Viene cuando oramos. Viene a través de Su presencia cuando estamos con Él en adoración y alabanza.
Cuando Josué entró a la Tierra Prometida, Dios le dijo una y otra vez: “No temas, no desmayes”, también le dijo: “No permitas que mi Palabra se aparte de tu boca”; en otras palabras, sigue hablando la Palabra de Dios, si no hablas la Palabra de Dios, tu valentía se disipará.
El desaliento sobreviene lentamente. El valor que tenemos para enfrentar los problemas y desafíos se ve minado poco a poco. El enemigo quiere convencernos de que no podremos lograrlo, y que mejor nos sería dejar la lucha. Y cuanto más nos acerquemos a nuestro destino y al momento de la victoria, tanto más intentará el enemigo sembrar desaliento. Pretenderá quitarnos la confianza para que nos desanimemos y abandonemos el camino.
Quizás en algunas áreas de nuestra vida pensemos que estamos al borde del abismo, entonces, este es el momento en el que necesitamos alabar a Dios. Convencernos de que debemos de hacerlo. Debemos decirle a nuestra mente, emociones y a nuestra voluntad que dejen de preocuparse por todo, y pongamos nuestra esperanza en el Señor (Salmo 130:7).
En los momentos más difíciles, debemos decir: “Voy a alabar a Dios, tenga ganas o no, y no importa qué esté sucediendo diré: “Bendice alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios” (Salmo 103:2). Cuando alabamos a Dios en medio de la preocupación, la ansiedad, el miedo o el desaliento, abrimos canales por los que fluyen hacia nosotros la paz, el amor y el aliento de Dios.

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