AllaNad

Preparando el camino.

EL TABERNÁCULO DE REUNIÓN.

“Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Señor”. Salmo 27:8

Un tiempo para buscar a Dios

Hay ciertas ocasiones en las que el Señor nos manda a salir de la rutina diaria de nuestra vida. Estos son tiempos especiales cuando Su único mandato es: “Busca mi rostro”. Él tiene algo precioso y vitalmente importante para darnos, que no puede encajar en el patrón familiar de nuestra vida diaria. En esos tiempos especiales los creyentes son liberados de aquellos pecados que por muchos años han afligido sus vidas; otros descubren una mayor profundidad en su caminar con Dios, que los lleva a una mayor eficacia en el ministerio y en la oración; mientras que otros experimentan avances y bendiciones en sus familias, además de ser usados por el Señor para traer a sus seres queridos al Reino de Dios.

No obstante, aquí no estamos buscando a Dios para recibir cosas o aun por bendición para otras personas. Buscamos a Dios por quién es Él. La madurez comienza cuando rompemos el ciclo de buscar al Señor solo durante los tiempos difíciles. La santidad se inicia en el momento en que empezamos a buscar a Dios por quién es Él. Un toque de Dios es maravilloso, pero estamos tras algo más que una experiencia superficial. Nuestro objetivo es habitar en Cristo; estar conscientes de Su plenitud y de Su apariencia en Gloria habitando continuamente. ¿Cómo entramos a este lugar sagrado? Si estudiamos la vida de Moisés veremos la forma en que buscó a Dios y vivió en compañerismo con Él. Éxodo 33:7.

Observe que cualquiera que buscaba a Dios salía al tabernáculo de reunión. Si vamos a buscar realmente a Dios, tenemos que “salir” como lo hicieron Moisés y todos los que lo buscaron. Tenemos que levantar el tabernáculo… “lejos, fuera del campo”. ¿Y qué campo o campamento es éste? Para Moisés, así como para nosotros, es el “campamento de la familiaridad”.

¿Y es que en las cosas que nos son familiares, existe algo malo o pecaminoso? No; no en sí mismas, pero recordemos que cuando Jesús invitó a sus discípulos a seguirlo, los llamó a salir del modelo familiar de sus vidas, para estar a solas con Él por largos períodos. Mateo 19:27; Lucas 14:33. ¿Por qué lo hizo? Porque Él sabía que los seres humanos, somos, por naturaleza, gobernados inconscientemente por lo familiar. Si Él quiere ampliar nuestra visión y nuestro ser, para recibir lo eterno, primero debe rescatarnos de las limitaciones de lo temporal.

Esto no quiere decir que descuidemos nuestras familias, o que seamos irresponsables al buscar a Dios. Él le ha dado a cada persona tiempo suficiente para buscarlo. Y tenemos tiempo para todo. Al haber hecho todo lo que el amor nos pide, le decimos no a cualquier otra voz que no sea la de Dios. Tal como nos amonesta el apóstol Pablo, debemos “redimir el tiempo”. Eso equivale a cancelar pasatiempos, abandonar la televisión, dejar a un lado el periódico y las revistas. Toda persona que desea encontrar a Dios, encuentra tiempo para buscarlo.

Es triste que muchos cristianos no tienen una meta más alta ni una aspiración mayor que llegar a ser “normales”. Sus deseos están limitados a la medida de otros sin una verdadera visión de Dios, es indudable que pereceremos espiritualmente.

Pablo reprendió a la iglesia en Corinto porque sus miembros “andaban como hombres”. 1ª Corintios 3:3. Dios tiene más para nosotros que sencillamente ser personas: el inundar nuestra vida con el mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos. Debemos entenderlo, Dios no nos quiere solamente “normales”, Él quiere que seamos semejantes a Cristo.

El Espíritu Santo tiene que renovar nuestra definición de la realidad y las prioridades de nuestra vida para facilitar los propósitos de Dios en nosotros. Nuestra máxima meta es llegar a ser semejantes a Cristo.

Sin embargo, para la mayoría de las personas nuestro sentido de la realidad y, por ende nuestra seguridad, penetra a veces sus raíces en lo familiar. Si nuestra estabilidad está fundamentada en las cosas externas, es difícil crecer espiritualmente. Nuestra seguridad debe venir de Dios, no de las circunstancias, ni tampoco de las relaciones que tenemos. Nuestro sentido de la realidad necesita estar arraigado en Cristo. Cuando esto ocurre, experimentamos eterna seguridad en las otras áreas. No obstante, nuestros temores también son profundos y muy numerosos. De hecho la mayoría de nosotros pasamos nuestra vida atados umbilicalmente a la protección de lo familiar. La experiencia nos dice que muchas personas buenas permanecen en las iglesias sin vida, porque sencillamente desean más la seguridad de los rostros familiares que la verdad de Cristo. Aun individuos que han sido liberados de situaciones adversas. ¿Cuál es la razón? Que para ellos es más familiar la adversidad. Consideremos algunos prisioneros, la mayoría son delincuentes reincidentes, sencillamente porque están más acostumbrados a la vida de la prisión que a la libertad. Tanteando a ciegas por la vida, buscan inconscientemente lo que les es familiar. Es significativo que la mayoría de la gente vive a no más de ochenta kilómetros de su lugar de nacimiento.

Moisés tenía que salir de lo que era familiar y levantar su tienda “fuera del campamento” y allí buscaba al Señor. “…por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante Su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a Él, fuera del campamento, llevando Su vituperio; Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir” Hebreos 13:12-14.

Esa es una de las razones por las cuales Jesús dijo: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento y cerrada la puerta…” Mateo 6:6. Cristo desea que salgamos del mundo familiar que distrae nuestros sentidos y moremos en el mundo de nuestros corazones, teniendo en mente que la máxima meta de la oración es encontrar a Dios.

Cada minuto que dedicas a buscar a Dios es un minuto enriquecido con vida y poder nuevos, provenientes de Dios. No pongas límite cuando el Señor te busca en la noche. Y continúa día a día, semana tras semana, hasta que te acerques lo suficiente al Señor de tal modo que puedas oír Su voz y tener la confianza de que Él también escucha tu susurro. Santiago 4:8

Si hemos de llegar a ser santos, debemos cortar no sólo las cadenas, sino también con la esclavitud de desear solo una vida promedio, o común y corriente. Debemos elegir el salir del campo de la familiaridad y ubicar nuestra tienda en la presencia de Dios.

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